¿Cómo es ir a una misa de la Santa Muerte?
- Emilio Flores Escalona
- 13 may 2024
- 4 Min. de lectura
Por Emilio Flores Escalona
Desde la colonia Tacubaya en la Ciudad de México al municipio de Tultitlán en el Estado de México hay alrededor de 40 kilómetros de distancia. Aproximadamente es una hora de trayecto en coche y sin tráfico, un escenario que se acerca más a un mito que a una realidad para esta capital.
A Jorge Pérez, conocido como “el Jorjais”, le importa poco. Lleva más de 15 años manejando este recorrido una vez por semana. Aunque los domingos no trabaja, desde temprano, se sube a su taxi pirata para emprender el trayecto. Pero, no va solo, hace medio año que el asiento del copiloto es ocupado por su amigo y vecino: Saúl Méndez, apodado como “el Mcarty Lenon”.

Hoy, como cada domingo y como muchos otros mexicanos, salen de sus hogares para ir a misa. Mientras más se alejan del sur y más se acercan al norte, pasan varias iglesias cristianas y católicas, pero no les hacen caso. Ambos no se levantaron para rezarle al Padre, o al Hijo y mucho menos al Espíritu Santo, ellos se dirigen a rezarle a la niña blanca, mejor conocida como La Santa Muerte.
Existen más iglesias de la apodada niña blanca por toda la Ciudad de México, pero esta, a la que llegaron, tiene un espacio bastante especial para “el Jorjais”. No es porque tiene la representación más grande de La Santa Muerte en el mundo (una estatua de 22 metros de altura, más del triple que el Hemiciclo a Benito Juárez), sino porque le cambió la vida. Es donde encontró la fuerza para dejar, de un día para otro, un mal que le consumía su vida: la adicción a la heroína.
Gracias a esta superación, pudo olvidar su pasado delictivo, seguir un camino muy distinto y querer visitar a La Muerte cada domingo. “Aquí no hay policías, aquí no hay delincuentes, aquí solo hay hermanos” suena en la entrada de La Iglesia Internacional de la Santa Muerte de Tultitlán, la iglesia preferida de Jorge.
Son las once y media de la mañana y mientras Saúl Méndez, su amigo “el Mcarty Lenon”, recarga su muleta en la pared para acomodarse como de costumbre en los bancos, Jorge Pérez se prepara para la oración de hoy. Desde hace tiempo se volvió el encargado oficial de tocar la campana.
A pesar de que ya no hay asientos disponibles, la gente no deja de llegar. Del lado izquierdo, tomada de la mano de un hombre, una mujer embarazada entra de rodillas desde la calle con una sonrisa y más de cinco perforaciones adornando su rostro. Del lado derecho, los brazos de otra pareja llevan cargando un pastel turquesa con la imagen de La Santa Muerte con la esperanza de compartirlo al final. Y, al fondo, una anciana en silla de ruedas es empujada por un familiar cuidando que un tropel de niños no la lleguen a tirar.
Por otro lado, un olor a copal invade las narices de los creyentes y un mensaje que advierte no robar a menos de que se quiera sufrir el enojo de la Santa Muerte, lo acompaña. En frente de los banquillos y a lado de la esfinge gigante de más de 20 metros, hay un semicírculo formado por estatuillas pequeñas de la niña blanca. Los visitantes las dejan sobre mantas para que los niños cuando pasen y les dejen un dulce o una moneda.
Saúl, al fondo en una esquina y con una cerveza en mano, saluda a los demás asiduos “aquí todos nos conocemos”. Da inicio la ceremonia y todos se acomodan donde pueden. Una mujer amarra a su perro en un tubo y otra contesta el teléfono “No estoy en la casa hija, vine al templo”, no hay necesidad de especificar a cuál.
Niños, niñas, adolescentes, adultos, viejos, jóvenes y hasta perros guardan silencio para escuchar la serie de letanías de hoy. Ahí, muy cerca del escenario, se encuentra Jorge Peréz con su campana en mano esperando el momento para hacerla sonar.
La logística de la misa no cambia mucho de una católica clásica de México. Hay un orador que dirige el rezo, puede ser llamado sacerdote u oficiante, pero no tiene un nombre oficial. Está vestido con una playera negra bordada con las palabras “Templo de la Santa Muerte Internacional”, el nombre oficial de la página de Facebook.
Con un micrófono, el sacerdote vocifera las oraciones para que el resto las repita, algunas muy específicas: “Te rogamos madre recibas/nuestras súplicas en este día/y te pedimos con toda la eucaristía/consuelo para tus desamparado/a los hermanos ausentes/a los que viven en guerra/a los que trabajan/a los pobres/a los ricos/a los creyentes/a los incrédulos/a los piadosos/a los incongruentes y sobretodo a nosotros, tus hijos presentes”. Y también otras más conocidas: “Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado, sea tu nombre…”. Pasan las letanías y el momento de “el Jorjais” llega: alza el brazo y lo agita para hacer sonar la campana, el indicativo para que todos recen. Un momento de total silencio acompaña los ojos cerrados de los hincados.
Después de otras más oraciones, la misa acaba con un
vitoreo como si estuviesen en un cumpleaños o un festejo local “Una porra para la Santísima Muerte ¡Chiquitibum a la bim bom ba, chiquitibum a la bimbomba… La Santa Muerte, La Santa Muerte, ra, ra ,ra!”.
Son las 12 pm, la oración ya acabó y ambos amigos se quedarán a la siguiente oración. Saúl prefiere pasarse todo el día en el templo, aunque eso implique mayor tráfico para su regreso “Estar fuera de casa me ayuda a estar más lejos del alcohol” admite. Una señora organiza una fila para el pastel que la pareja trajo, busca que todos alcancen un pedazo. En la esquina sigue “el Mcarty Lenon” sentado, que, aunque siempre se forma para recibir lo que traigan de comer, dice que hoy se esperará al final para agarrar lo que sobre. Quiere llevarles algo a sus vecinos migrantes de Venezuela.
Así, fue el domingo de Saúl y Jorge, pero también es el domingo de familias enteras, de niños, de adultos y de viejos, que buscan quitarse un mal y la iglesia tradicional no les ha servido. Las personas le agradecen a La Muerte y ahora, muchos madrugan para que sea La Muerte quien los ayude.
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